jueves, 5 de noviembre de 2015

Se nos pasará la vida.

La escasez de la felicidad, es tan abundante que abruma encontrarla.
O eso es lo que la mayoría piensa, porque:
¿qué es la felicidad?

Nos pasamos la vida esperando por ella, pensando en que, 
cuando consigamos alcanzar cierta meta, 
por fin nos tocará, nos llegará la dulce golosina, el premio.

Pero resulta que la felicidad no llega, 
no es un concurso que hay que ganar.

No se encuentra en otras cosas, 
objetos materiales, ni en otras personas. 
Puedes encontrarla acompañado de esas personas,
pero nunca la encontrarás si no lo deseas,
si no aprecias las pequeñas oportunidades, 
que cada día se nos brindan para disfrutar.

Es posible sentir felicidad en momentos tan sencillos,
reírnos hasta que nos duela la barriga, del gluten o sencillamente de la risa.
Sentir ese pequeño regusto de alegría 
que se queda grabado en nuestro pecho, 
y respira el mismo aire que nosotros.

O esa sensación que empieza a surgir de nuestro corazón,
después de haberlo tenido apagado mucho tiempo.
Ese efímero y suave sentimiento 
que por mucho que lo creemos muerto y desahuciado,
ahí está.

Haciéndote sonreír, 
guardando barquitos de papel con fechas inscritas.  

La felicidad no tiene fecha de caducidad, ni doctrinas. 
Ella es libre, fluye por nuestras insignificantes existencias. 
Abrázala siempre que puedas, 
agradece su compañía mientras la tengas,
tal como la de tu madre. 

Porque no va a estar siempre ahí.