martes, 28 de abril de 2015

Nous etês formidable.

Cuanto más mayor te haces, más situaciones sufres.
Pueden ser agradables, a la par que desagradables.
Puedes sufrir abandono, la pérdida de un ser querido.
Puedes sentir que nadie te quiere, incluso tú mismo.
Puedes ver cómo pasan los años, cómo pasa el mundo,
y sin embargo tú sigues estancado en el mismo pozo al cual llamas vida.

Todos tenemos familia.
Bien sea por conexión sanguínea o por conexión espiritual.
Todos la tenemos.

Cuando no están, cuando se alejan,
nos preguntamos qué pudo haber pasado.
¿Qué hemos hecho mal?
Un día son todo sonrisas y esperanzas,
y al otro, todo culpa y desasosiego.

Cuando alguien de tu familia te rechaza,
o al menos expresa su rechazo,
sientes como un pedazo de ti se rompe.

No es comparable, en cambio,
con cuando se rompe lo romántico,
pues esto, deja marcas diferentes.

Pero igualmente, son quemaduras, yagas.
Que duelen hasta traspasar lo poco que queda de tu cordura.
Incluso, de tu alma.

Cuando estamos rotos cometemos actos 
para muchos de los cuales no existe explicación.
Al menos, para la gente común de pensamiento.

Tratar de explicarle a alguien el cual dos más dos
son indiscutiblemente cuatro,
el sentido de tus acciones
es como tratar de gritarle
a una persona cuyo sentido del oído es nulo.

Para una mente menos plana,
tus fallos son hazañas.
Tus fracasos son logros.
Tus mentiras son verdades.
No se puede negar que la cordura
no está garantizada tras esas consideradas estupideces.
Pero sí se puede deducir
que por muy crueles que parezcamos,
perseguimos nuestra verdad.
Vamos tras nuestro bienestar,
algo que no nos haga sentir incómodos por dentro,
y que por las noches no queme cual ácido en nuestro estómago.

Luego de haber pasado por nuestros más oscuros miedos,
tras haber, inexorablemente, chocado contra nuestra más gran negación,
llega la culpa.

Con una espada afilada y caliente.
Cuando entra quema, corta y cauteriza.
Cuando sale, desgarra y vacía.

Te deja en el suelo,
como si fueras un despojo,
llorando por el dolor que atraviesa tu ser.
Lamentando el daño que has hecho,
pues tu momento de nula conciencia

no solo te ha herido a ti.