Hubo una época en la que mi nombre común era María.
Nombre que había odiado toda mi vida por ordinario.
Hasta que un día, un día de otoño, me empezaron a llamar así.
Un tipo gordo, semi calvo, barbudo y demasiado gritón.
No sé cuanto tiempo pasó hasta que nos tomamos confianza.
Yo era un poco burlona, aunque tímida.
Pero cuando tomaba confianza era como supongo que sigo siendo ahora. Gritona, atolondrada, estúpida y tonta.
Pasaban los días y días encima de aquellas colchonetas llenas de ácaros que me hacían estornudar, (y no dudo que por ellos enfermara). Días de risas y fiestas. Días de "hoy no ha venido fulano ni mengano", y al día siguiente seguían sin aparecer...
Hace tiempo quiero escribir sobre esto, pero no he tenido el valor, ni las ganas.
Supongo que hoy será un día especial.
O es esta época la especial.
O simplemente estoy nostálgica y me gustaría que alguien conociera mi historia.
Su nombre era Judo, y me enamoré de él sin intenciones, como suele hacer la gente.
Ni si quiera sabía que demonios era eso. Tampoco sé por qué cogí un papel de inscripción.
Pero lo hice.
Aunque no me arrepiento.
Empezamos a principios de octubre, cuando empieza la promoción deportiva.
Hacía algo de fresco y el pasillo en el que nos habíamos congregado estaba abarrotado.
Imaginaros, madres, padres e hijos gritones de menos de once años allí. Y él, subido a una mesa gritando nuestros nombres.
"María Victoria", me llamó. Y entré.
Y empezó mi viaje.
Y quién iba a pensar que pasaría lo que pasó.
Tenía yo mis escasos once añitos.
Pelo seta, ortodoncia, y una cara poco agraciada.
Pero había encontrado un pedazo de mundo que era mío. Y creo que pude disfrutarlo bastante bien.
Cuando comenzamos yo tenía la cabeza en niñitos de varios años más que yo. Típico en mí en aquella época. (Quién lo diría).
Con el tipo gordete las cosas iban estupendamente. Me entendía como parecía que nadie me había entendido jamás.
Creo que él me enseñó parte de las cosas que sé. Eso se lo concedo.
Él tenía un hijo. Hijo inexistente para mí hasta que tuve doce años.
Hijo que empezó a cobrar importancia para mí conforme pasaban los meses.
Inevitablemente, como del judo, me enamoré de él.
Aunque no lo supe con claridad hasta varios años después.
Si os digo la verdad, nunca nos llegamos a besar. Aunque él me regaló un anillo que llevé puesto varias semanas, y luego guardé hasta hace ya mucho tiempo.
Mi problema fue, el amor en sí.
Tenía fobia a ese amor.
A ese amor comprometido.
Por eso lo aparté.
Creo que en algún momento lo quise de verdad como él a mí.
Aunque a veces pienso que me "quiso" porque su padre le dijo que lo hiciera.
No lo tengo demasiado claro.
Llegó otro muchacho. Moreno, alto, simpático y risueño. Era cálido.
A ese también lo aparté.
Era como si todos estuvieran ahí para mí, pero yo para ellos no.
Fui como una princesa, casi reina, en un lugar donde creí ser yo misma.
Los aparté a todos.
Menos al gordo que me llamó María.
A ese lo seguí queriendo. Y a pesar de lo que yo le había hecho a su hijo, el también me quiso a mí.
Hasta que, como siempre, las cosas se estropearon, trató de limitarme cuando yo era libre para amar, trató de limitarme con mi verdadero amor y se acabó.
Así de simple.
Se terminó.
A veces me llama.
Simplemente lo ignoro.
Aunque algunos días termino preguntándome qué pasará el día que le coja el teléfono.
No hay comentarios:
Publicar un comentario